Hay una paradoja en el corazón de la economía mexicana. México es la segunda economía más grande de América Latina y una de las quince mayores del mundo. Sin embargo, su sistema de crédito es proporcionalmente uno de los más reducidos entre las economías comparables. La distancia entre el tamaño de la economía y la profundidad de su financiamiento define, quizá mejor que cualquier otro indicador, el estado del crédito en el país.
Los datos son inequívocos. De acuerdo con el Banco de México, en 2024 el crédito al sector privado no financiero representó apenas el 34.7% del Producto Interno Bruto. La cifra adquiere su verdadera dimensión únicamente en contexto.

El promedio de los países de la OCDE se ubica en 151.8% del PIB. Es decir, en las economías desarrolladas el crédito al sector privado equivale, en promedio, a más de una vez y media el tamaño de toda su economía. México otorga financiamiento por apenas un tercio de su Producto.
La comparación regional no resulta más favorable. El promedio de América Latina y el Caribe se sitúa en 60.2% del PIB, casi el doble del nivel mexicano. Chile supera el 100%, con un sistema de crédito que rebasa el tamaño de su propia economía. Brasil alcanza el 76%. México, pese a su escala, se ubica por debajo de Perú y Colombia.

El propio Banco de México ha sido explícito al respecto: la baja profundidad del crédito afecta principalmente a las empresas pequeñas. No se trata de un dato abstracto de cuentas nacionales, sino de una restricción concreta sobre la capacidad de las empresas mexicanas para crecer, invertir y competir.
El agregado macroeconómico esconde una realidad aún más reveladora a nivel de empresa. Según la Encuesta de Evolución del Financiamiento a las Empresas que levanta Banxico, durante el segundo trimestre de 2025 únicamente el 14.9% de las empresas utilizó nuevos créditos bancarios. La gran mayoría, más del 85%, no accedió a este instrumento.

Las razones que reportan las propias empresas son esclarecedoras. Entre las principales limitantes para utilizar nuevos créditos figuran las tasas de interés del mercado, los montos exigidos como colateral y las condiciones de acceso. El patrón es consistente: no se trata de una ausencia de demanda de financiamiento, sino de una oferta que no logra atender a una parte sustancial del tejido empresarial.
El resultado es una brecha estructural. El Banco de México estima que la demanda de financiamiento insatisfecha equivale a cerca del 15.7% del PIB. Es financiamiento que las empresas necesitan, que estarían dispuestas a tomar, y que el sistema actual no provee.
Un sistema de crédito subdesarrollado puede leerse de dos maneras. La primera, como una limitante: empresas que no crecen al ritmo que podrían, inversión que no se concreta, productividad que se queda corta. Es la lectura habitual, y es correcta.
Pero existe una segunda lectura. Una brecha de esta magnitud es, simultáneamente, una de las mayores oportunidades de financiamiento en cualquier economía relevante del mundo. Donde la banca tradicional no llega, queda un espacio amplio para modelos de crédito capaces de atender lo que el sistema bancario convencional ha dejado desatendido.
Ese espacio no es marginal. Hablamos de la diferencia entre un tercio del PIB y el 60% que promedia la región, o el 150% de las economías desarrolladas. Es un mercado de financiamiento cuyo potencial de expansión se mide no en puntos porcentuales, sino en múltiplos.
El contexto refuerza esta lectura. La agenda de profundización financiera se ha convertido en prioridad nacional, con compromisos explícitos para elevar el crédito al sector privado en los próximos años. La dirección del cambio está clara; lo que está en disputa es quién atenderá esa demanda.
México no tiene un problema de tamaño económico. Tiene un problema de profundidad financiera. La economía existe, las empresas existen, la demanda de crédito existe. Lo que ha faltado es un sistema capaz de canalizar financiamiento hacia el amplio segmento de empresas que el modelo bancario tradicional no alcanza a atender.
Cerrar esa brecha no ocurrirá únicamente a través de la banca convencional. Requiere de instituciones especializadas, estructuras de crédito diseñadas para perfiles que el sistema estándar no acomoda, y capital dispuesto a entender cada operación en su particularidad.
SOLRAC Capital opera precisamente en ese espacio: el otorgamiento de crédito estructurado a empresas en crecimiento e instituciones financieras no bancarias en México, atendiendo la demanda de financiamiento que el sistema tradicional deja desatendida. La brecha de crédito mexicana no es solo una estadística sobre lo que falta. Es la definición misma de la oportunidad.
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