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Las SOFOMES ya no son la alternativa: son infraestructura

Durante dos décadas, las Sociedades Financieras de Objeto Múltiple ocuparon un lugar incómodo en la conversación financiera mexicana. Se les describía como la opción para quien no calificaba en un banco, el recurso de segunda instancia, la alternativa. Esa descripción dejó de corresponder con los hechos hace tiempo, aunque el lenguaje tardó en actualizarse.

Los números cuentan otra historia. Las instituciones financieras no bancarias administran hoy una cartera que supera el billón de pesos, y las SOFOMES concentran el 72.5% de ese total. Entre 50% y 60% de las pequeñas y medianas empresas mexicanas obtienen su primer crédito a través de una SOFOM, no de un banco. Alrededor del 12% de todo el financiamiento del país se origina en el sector.

Quién concentra el crédito no bancario en México

Un actor que financia la entrada al sistema crediticio de la mitad del tejido empresarial no es una alternativa. Es infraestructura.

El modelo que funcionó, y por qué se agotó

La ventaja histórica de las SOFOMES fue clara: velocidad de colocación y flexibilidad operativa frente a una banca lenta y estandarizada. Ese modelo permitió financiar a miles de empresas que el sistema tradicional no evaluaba, y explica el crecimiento sostenido del sector durante veinte años.

El entorno, sin embargo, cambió. El fondeo se encareció. La regulación se volvió más exigente. Los clientes se hicieron más complejos. Y la presión tecnológica dejó de distinguir entre instituciones grandes y pequeñas. La propia ASOFOM lo reconoció con una franqueza poco común en el sector: seguir creciendo bajo las mismas lógicas se ha convertido en el mayor riesgo. El crecimiento ya no puede medirse en volumen colocado, sino en calidad de cartera, fortaleza del gobierno corporativo y capacidad de anticipar riesgo.

Es un diagnóstico correcto y, sobre todo, oportuno. Porque mientras el sector debate cómo profesionalizarse, el capital institucional ya está tomando decisiones.

El capital global ya llegó, pero es selectivo

Durante el último año, las SOFOMES mexicanas captaron entre 6 mil y 7 mil millones de pesos de fondeo internacional. El origen de esos recursos dice mucho: fondos estadounidenses y europeos, capital español, bancos alemanes especializados en criterios ESG, financiamiento japonés. Instituciones que no invierten por simpatía, sino porque encontraron estructuras que cumplen sus estándares.

Ese es el punto que merece atención. El capital internacional no está entrando al sector de manera indiscriminada. Está entrando a las instituciones que pueden demostrar disciplina de originación, transparencia contable y gobernanza verificable. Y el número de instituciones que cumplen esa vara es notablemente menor de lo que sugiere el tamaño del sector.

El embudo de la institucionalización

En México operan alrededor de 1,500 SOFOMES. De ellas, 174 han recibido fondeo de la banca de desarrollo. Y apenas 40 cuentan con la certificación de Alta Calidad que impulsa la propia asociación, con carteras superiores a mil millones de pesos.

La distancia entre 1,500 y 40 no es un dato de trivia. Es la medida exacta de la brecha entre el tamaño del sector y su capacidad institucional. Un mercado con más de mil instituciones, pero con unas decenas capaces de acceder a capital institucional serio, no tiene un problema de escala. Tiene un problema de estructura.

Fondeo caro, cartera exigente

La presión llega por los dos lados del balance. Del lado del activo, Banxico reporta que el financiamiento total a las empresas privadas no financieras se contrajo en términos reales durante el último periodo, con el componente externo cayendo con particular fuerza. Del lado del pasivo, el costo de fondeo permanece elevado y el acceso a capital estable sigue concentrado en pocas manos.

Una SOFOM que se financia caro y coloca en un entorno de deterioro crediticio enfrenta una compresión de márgenes que ningún volumen de originación resuelve. La respuesta que ha planteado el sector es la correcta: bursatilizaciones, emisiones simplificadas, esquemas que abaraten el fondeo y abran la puerta a inversionistas institucionales. Pero acceder a ese capital exige exactamente lo que la mayoría del sector aún no tiene: estados financieros auditados con rigor, políticas de crédito documentadas, sistemas de originación trazables y un gobierno corporativo que resista la revisión de un comité de inversión.

Dicho de otro modo: el fondeo institucional no se consigue solicitándolo. Se consigue estando en condiciones de recibirlo.

Lo que separa a una SOFOM de su siguiente etapa

El sector no bancario mexicano llegó a un punto de bifurcación. Un grupo de instituciones profesionalizará su operación, accederá a capital estable y consolidará su posición como infraestructura crediticia del país. Otro grupo, probablemente mayoritario, permanecerá atrapado en el mismo círculo: fondeo caro, márgenes comprimidos, imposibilidad de escalar.

Lo que separa a un grupo del otro no es el tamaño de la cartera. Es la calidad de la estructura. Es la diferencia entre una institución que colocó mil millones de pesos y otra que puede explicar, defender y auditar cada peso de esos mil millones.

Ahí es donde el crédito estructurado adquiere su sentido más preciso. No como una fuente de recursos entre otras, sino como el mecanismo que permite a una institución financiera no bancaria acceder a capital de largo plazo bajo condiciones que reconocen su realidad operativa, y que al mismo tiempo imponen la disciplina que ese capital exige.

El mercado mexicano no necesita más SOFOMES. Necesita SOFOMES capaces de sostener el papel estructural que ya ejercen. La diferencia entre una cosa y la otra se construye, precisamente, en la mesa donde se estructura el financiamiento.

SOLRAC Capital otorga crédito estructurado a instituciones financieras no bancarias en México. Cada operación parte de un análisis riguroso del originador, de su cartera y de las condiciones que le permiten crecer de forma sostenible.


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